indecisión precipitada

Treinta y uno de diciembre de dos mil nueve, que bonita fecha, hoy he decidido convertirme en un adulto y no dejarme llevar por mis impulsos, mañana sino fuera un adulto me subiría a mi coche y realizaría un viaje de seis horas hasta la casa de unos amigos que me han invitado a pasar el fin de año. ¿O es una excusa para no ir?.

El problema, menudo problema, es que son las cuatro de la madrugada y yo desvelado como últimamente, sigo despierto y sin ganas de irme a dormir, hay veces que tengo ganas de ver cuánto tiempo soy capaz de mantenerme despierto, sin alcohol, sin droga de ningún tipo. Y hay veces que tengo ganas de saber cuántas horas soy capaz de mantenerme dormido, mi record personal catorce horas durmiendo, son unas cuantas.

Pero mi problema no es ese, sino que no se si ir o no ir, si me apetece ir, porque entonces hay algo que no sé que es que me dice sutilmente a la oreja no vayas, pero en cuanto acaba de decírmelo, oigo: – Ve. En la otra oreja.

Lo sensato sería valorar que un viaje de seis horas en automóvil puede ser realmente tedioso, y que por esa razón, no debería ir, lo insensato por tanto sería ir. Lo sensato sería quedarme donde estoy, pensando en salir por mi barrio, mi ciudad y con los de siempre, esperando que algo nuevo pase, no salir corriendo pensando que así al menos seguro que es algo nuevo. ¿Lo será de verdad?.

Me voy a la cama, mañana no iré a ningún sitio, que necesidad tengo…

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